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2010 TOUR - SUPERTRAMP Barcelona 18 Sept

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Supertramp, en el museo del pop

La banda exhibió técnica pero se resintió de la ausencia de Roger Hodgson

Lunes, 20 de septiembre del 2010  JORDI BIANCIOTTO / Barcelona


La gira 70-10 de Supertramp debería llamarse 74-82, puesto que el repertorio que maneja se concentra de una manera abrumadora en esos ocho años tocados por la gracia creativa. El sábado por la noche, en el Palau Sant Jordi, el grupo británico se resignó a escenificar un elegante, estilizado, técnico y profesional ritual de revival ante una audiencia que, vista la media de edad, había crecido con él. Un público que dosificó sus expresiones de júbilo y las limitó a los momentos en que sonaron las melodías más reconocibles.

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Picture: Arnau Bach

A Supertramp le costó cerca de una hora calentar el Sant Jordi, que no se llenó pero fue ocupado en más de tres cuartas partes. Abrió con You started laughing, la canción inédita del disco en directo Paris (1980), y se adentró en espesos pasajes de pop progresivo con Gone Hollywood y Put on your old brown shoes. La primera pieza que hizo levantar brevemente al público de sus asientos fue la quinta, Breakfast in America, en la que Jesse Siebenberg (hijo del batería del grupo, Bob Siebenberg) hizo lo que pudo para ponerse en la piel del ausente de la noche, Roger Hodgson.

VOCES IMITADORAS / Salir a celebrar el 40º aniversario de la banda sin Hodgson es una papeleta que incluye una dosis de farsa. Porque tanto Siebenberg como Gabe Dixon, que se repartieron la misión de emular su canto aflautado, se veían forzados a asumir un rol imposible, incluso humillante. Y para Rick Davies, al frente de la banda desde 1983, montar un repertorio en el que solo una canción, Cannonball, corresponde a la era posHodgson, es una estridente declaración de derrota. Los Supertramp modernos nunca han cuajado, y Davies y sus cómplices (entre ellos, el siempre campechano saxofonista John Helliwell, que evocó la visita del grupo en el 2002: «Aquella noche me convertí en abuelo») tensan la cuerda como nunca tuneando canciones que requieren una interpretación vocal muy concreta.

Material que, en su facción más pop (It's raining again, The logical song), conserva vivas sus propiedades. Hodgson no buscaba solo un estribillo y muchas de sus canciones son festines melódicos integrales; sencillos y adherentes desde sus primeras notas. Artefactos horneados con materiales ocurrentes: los patrones de jazz,

cabaret y géneros démodées como el skiffle sustentan muchos de ellos.

Un pasaje del recital dedicado al álbum Even in the quietest moments (con From now on, Give a little bit y Downstream) marcó un punto de inflexión y trajo una mayor implicación del público, hasta entonces muy distante. Con nueve músicos en escena, y calcando texturas, inflexiones y solos de las grabaciones originales, Supertramp expresó tanta precisión como ausencia de inventiva. Su repertorio es idéntico noche tras noche: no ha habido tiempo ni necesidad de aprender más canciones. A diferencia de Pink Floyd y Yes, la banda nunca ha colocado el aparato visual en un primer plano, y en el Sant Jordi se limitó a tres pantallas de vídeo y un gag escénico durante la interpretación de Another man's woman: la reproducción de la portada de Crisis? What crisis?, con un empleado sentado en una silla plegable bajo una sombrilla.

En el último tercio de la actuación cayeron pesos pesados de su discografía como Take the long way home y un Goodbye stranger capitaneado por Davies. Luego, en los bises, un solo de armónica anunció la hora de School, entonada por Jesse Siebengerg, que abrió un bloque final centrado en el disco Crime of century, con Dreamer, a cargo de Gabe Dixon (con un timbre vocal más cercano a Hodgson), y la canción que le dio título. Fueron dos horas de música ambiciosa en su concepción original aunque ejecutada con ánimo conservador. Pero celebrar los viejos tiempos es el último refugio de la mayoría de los clásicos venerables del pop.


EL PAIS

El discreto encanto de lo anacrónico

Supertramp acunaron al Sant Jordi con un plácido repaso a sus viejos éxitos

LUIS HIDALGO - Barcelona - 19/09/2010

La ventaja de no haber sido un joven loco, disparado y atolondrado, es que no se nota tanto la pérdida de energías implicada en el paso del tiempo. Puestos en música, se puede apelar a la lógica y conjeturar que los años mellarán más a un punk que a quien hace del arrullo su enseña. Entiéndase que todo ello viene pintiparado al recordar el concierto que anoche ofrecieron Supertramp en el Palau Sant Jordi de Barcelona, donde celebraron los cuarenta años de la edición de su primer disco casi como si el tiempo no hubiese pasado. Al menos para el oído, ya se sabe que los años resultan implacables con el aspecto físico. Pero sea porque nadie fue a ver figurines o porque la condescendencia con uno mismo comienza con los demás, todo fue casi como entonces.

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Comodidad y calidad de sonido fueron las características del concierto

Bien, hace años Roger Hodgson estaba en la banda, no se repartía en la entrada de los recintos publicidad sobre las versiones de Supertramp que éste ha grabado para su nuevo disco en directo y no resultaba tan necesario en escena el concurso de vocalistas para reforzar las prestaciones de un grupo que ya, hace mucho, no cuenta con su voz. Pero como todo ello ya se sabía de antemano nadie se echó las manos a la cabeza y todo rodó de forma apacible. Quizás un poco más apacible de la cuenta, porque hasta el cuarto tema, "Breakfast in America", no sonaron los primeros aplausos sinceros, decorados mentalmente por más de un "¿te acuerdas? evocador de ternura y melancolía. Luego, quizás aprovechando el tirón, la banda embocó una versión briosa, al menos para su registro, de "Cannonball" para luego, debidamente anunciada en pantallas, seguir con "Poor boy". Todo muy en su sitio, perfilado, todo muy tranquilo, todo también algo anacrónico y como congelado más que en la memoria, en el propio tiempo.

Puestos a buscar cosquillas, podría haberse solicitado que algo de los indudables ahorros amasados a lo largo de una carrera tan larga y triunfal hubiesen sido destinados al espectáculo, bastante parco y, porque no decirlo, en absoluto espectacular. Y claro, eso de que en un concierto sólo cuenta la música es una verdad a medias si éste tiene lugar en un espacio tan grande como el Sant Jordi, donde pensar en un entorno visual para las canciones no es algo complementario sino más bien inevitable. A cambio, desde el mismo inicio del recital el sonido resultó nítido y definido, tan excelente como el de aquella frecuencia modulada que tanto antepuso la calidad a tantas otras cosas. Ese sonido permitió que los acordes de piano que abren "From now on" levantasen otra marea de murmullos de aprobación en una platea donde como mandan los cánones el concierto se siguió sentado, de suerte que comodidad y calidad (de sonido) fueron la grandes características del concierto.

Esa misma platea, unida por un desnivel continuo de sillas que la unía a la grada situada frente al escenario, vibró con "Give a little bit", otra de las históricas repescas del grupo, un empujoncito a la alegría y al cosquilleo en clave Supertramp, es decir, con mesura. No se trababa de desbocar emociones, sino más bien de evocarlas con tacto y sin aspavientos. "It's rainig again" se encargó de elevar de nuevo los ánimos y enfocar la parte final del concierto con "Bloody well right", "The logical song" y "Goodbye stranger". En los bises esperaban turno "School", "Dreamer" y "Crime of the century", con las que se cerró el repaso a una historia iniciada hace cuarenta años y que ha bifurcado un mismo repertorio bajo dos nombres. En el caso de Supertramp fue conducido anoche con un encanto discreto, pausado y maduro para mayor solaz de los amantes de la calidad y de las emociones que no pongan en riesgo la salud mediante inopinados sobresaltos.


LA VANGUARDIA

Antología feliz
KARLES TORRA  - 20/09/2010

No hubo nostalgia gracias al gran nivel de los músicos y a la fuerza de temas que resisten al tiempo

Tras haber permanecido inactivo durante los últimos ocho años, el grupo Supertramp anda de nuevo en la carretera para celebrar su cuadragésimo aniversario con la gira 70-10.Bajo el mando único de Rick Davies, como es habitual desde la salida de Roger Hodgson en 1983, Supertramp presentó el pasado sábado una lustrosa antología de su trabajo en formato de noneto y al calor de un Palau Sant Jordi que se aproximó al lleno. Muy equilibrada y bien distribuida, la selección incluyó temas de la media docena de vinilos publicados entre 1974 y 1985, con atención especial a sus dos mayores bombazos tanto en términos artísticos como comerciales: Crime of the century (1974) y Breakfast in America (1979). Pese a que uno pudiera temer lo contrario de antemano, lo cierto es que el espectáculo no fue en ningún caso una ceremonia nostálgica, dado el gran nivel exhibido en todo momento por los músicos y la fuerza indiscutible de una obra rebosante de gemas que resisten la mar de bien el paso del tiempo.

Entre ellas un ramillete de brillantes canciones pop obra de Roger Hodgson, caso de Breakfast in America,Give a little bit o The logical song,y que, con la salvedad de un desacertado It´s raining again,sonaron razonablemente bien perfiladas en la voz de Jesse Siebenberg y Gabon Dixon, haciendo las delicias del público. Por su parte, y con un discurso más cercano al rock progresivo, Rick Davies rayó a considerable altura como cantante y estuvo soberbio en tanto que pianista. Ya fuera cocinando en clave de jazzrock un infeccioso Cannonball que mostró una admirable conjunción de piano, percusión y viento, o bien dejándose literalmente la piel de los dedos para pasmo de la audiencia con un crescendo brutal en su portentosa recreación del Another man´s woman de Crisis, what crisis,Davies ofreció toda una exhibición de sus enormes poderes y saberes. ...

Dentro de un concierto sin apenas elementos escenográficos y que no perdió nunca el interés, la última parte fue para mojar pan y quitarse el sombrero. Con el saxo de John Helliwell y la trompeta de Lee Thornburg lanzadas a todo gas, el grupo encadenó una imponente Bloody Well Right a una superlativa Logical Song (donde Helliwell también lució como maestro de ceremonias), antes de cerrar por arriba con un flipante Goodbye Stranger. Para alcanzar, ya en los bises, la máxima cima emocional en alas de un remozado Dreamer (otra perla de Hodgson que supuso el primer gran éxito del grupo), ante el fervor desatado de los fans. No podía tener mejor colofón esta antología verdaderamente feliz.

 

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